El anuncio de millonarias inversiones, millares de puestos de trabajo y una imagen de Aragón, emporio de progreso y riqueza, es un clásico en la política comunicativa de nuestra comunidad autónoma. Un ejemplo más de como, una pequeña certeza es simiente de relato sesgado.
Juega a favor de de este éxito comunicativo la mala memoria de la población pastoreada por los intereses de los medios de comunicación unida a una cultura de la inevitabilidad basada en la experiencia del hecho contrastado de que la mentira no pasa factura a los mentirosos.
A puro de repetirse, impúdicas impunidades como el accidente del metro de Valencia, el Yak 42, el hundimiento del Prestige, los muertos de las residencia de ancianos durante la epidemia de Covid19 y el todavía candente desastre de Valencia, hacen que la gente, la gente normal, que no bucea en las hemerotecas y que construye su pensamiento a partir de lo que determinan los medios de comunicación mayoritarios, asume el último relato sin mayores quebrantos ni exigencias.
De esta forma se viene asumiendo que el enorme coste de un embalse, por poner un ejemplo, se considere una inversión en Aragón que seguramente viene avalada por un número indemostrable de puestos de trabajo y de las bondades incuestionables del regadío que pocos periodistas investigan con la suficiente profundidad. En esa misma línea, la costumbre de considerar Proyectos de Interés General para Aragón, ha permitido que mataderos, estaciones de esquí u otras iniciativas, tengan el aval público junto a la bendición mediática.
Embriagados por el dulzón perfume de un progreso sostenido, con vocación de eterno, no se alcanzan a analizar los costes y sobrecostes de las infraestructuras que trasvasan plusvalías a otros territorios ni el uso de dinero público que se transfiere a los intereses empresariales que detraen los recursos de unas zonas acostumbradas al sometimiento con la necesaria anuencia de sus regidores.
En este momento, parece que la energía ha sustituido al agua como recurso de trasvases. Una ordenación del territorio intencionadamente ineficaz ha permitido una superproducción eléctrica en Aragón que, aprovechando el marchamo verde, se pone a disposición de las grandes compañías tecnológicas que, en otras regiones de Europa, no son tan bienvenidas.
Al margen del origen de las empresas y fondos de inversión que se mueven alrededor de las energías renovables y sus industrias derivadas que, tal como anda el panorama internacional, deberían tener mucho más peso, el optimismo gubernamental elude el verdadero análisis de la realidad de lo que supone la descarbonización de la economía. Sustrayendo a la opinión pública el peso que la electrificación puede asumir realmente de todo el conjunto de la energía, se evita enfocar acertadamente la verdadera problemática que supone hacer frente al cambio climático atendiendo también al resto de límites planetarios que la acción humana está traspasando sin importarle la repercusión que este estado de desobediencia a la naturaleza y al sentido común puede tener en nuestro medio natural y social. Todo para mantener la fantasía del crecimiento permanente.
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