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| Paisaje de esperanza. Pilar Iturralde 2020 |
Los enunciados ortodoxos que aparecen en los libros y enseñamos en las escuelas los sabemos de sobra. Lo que Leandro del Moral apunta es algo nuevo, y va más allá:
El papel de los embalses (y de otras infraestructura; que no entro a describir) en sus tareas reguladoras, laminadoras,…se está viendo desbordado/comprometido por efecto de los extremos que está propiciando el cambio climático.
Y además se abre otra interrogante aún más inquietante, la “domesticación” de las consecuencias hidrológicas de los eventos atmosféricos, que estaba en el límite de lo viable, y que hasta ahora creíamos posible mediante infraestructuras,… queda en entredicho, ya que posiblemente la violencia creciente de los fenómenos extremos asociados al cambio climático puede hacer pasar estos eventos al territorio de lo que podemos llamar “vulcanización”. Es decir, los fenómenos hidrológicos extremos se están exacerbando de tal manera que comienza a parecerse a aquellos fenómenos naturales (erupciones volcánicas, tsunamis, huracanes, terremotos de gran magnitud) ante los cuales no hay protección efectiva mediante infraestructuras, solo cabe, en el mejor de los casos, la retirada del territorio afectado y la evacuación preventiva.
Aprovecho para cuestionar las propuestas, también ortodoxas, que abogan por aumentar las infraestructuras en número y volumen, para recuperar la falsa sensación de seguridad que hemos alentado durante el siglo pasado, que en mi opinión caen en el simplismo, quizá interesado, de considerar que en la física y la economía vale la extrapolación lineal. No tienen en cuenta las famosas leyes de los rendimientos decrecientes y de saturación de la respuesta a los inputs.
En sequias extremas plurianuales, como la que hemos padecido en años recientes, disponer de más embalses solo hubiera hecho repartir la misma agua en más recipientes, mas someros y con mas evaporación y filtración, multiplicando el número de deprimentes imágenes de vasos vacíos por todo el país.
En periodos de precipitación torrencial y/o prolongada, los embalses, cuyos aliviaderos hemos calculado para avenidas, supuestamente extremas con los métodos tradicionales, y de cuya seguridad se presumía, se están quedando insuficientes para desaguar las avenidas reales vitaminizadas por el cambio climático.
De esta manera se multiplica la posibilidad de que, una vez colmados perdiendo su capacidad de regulación (sobre todo si solemos mantenerlos casi llenos para prevenir escasez por sequias) y a pesar de las maniobras tradicionales desagüe, que ciertamente incrementan los caudales aguas abajo, puedan desbordar por la coronación, con el riesgo de derrumbe de las presas de gravedad. El escudo que nos protegía, una vez roto se convierte en una bomba de relojería.
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| Presa de Tous. 1982 |
Aumentar el número de embalses y su volumen para “devolver la seguridad” en el escenario del nuevo clima, puede ser una propuesta golosa que promocionen constructoras y sectores corporativos, pero se intuye inviable y/o inefectiva, desde un análisis riguroso. Por un lado, es de todos sabido, que técnicamente no es posible construir un embalse eficaz por todo el territorio donde pudiera desearse una laminación (incluso si se quieren ignorar las restricciones social, territoriales, ambientales, económicas,…), por cuestiones de topología y geotécnicas de la presa y el vaso.
Por otro lado, estamos entrando en un clima desconocido con grandes extremos crecientes que pueden dejar pequeñas las actuaciones antes de que entren en servicio, y además vemos cómo proliferan inundaciones que no son fluviales sino pluviales (la precipitación encima del propio territorio urbano/rural es inmensa, con lo que de nada sirve la regulación).
Podemos maquillar la incapacidad de ofrecer un alto grado protección gracias a la técnica de obra civil, como hasta ahora veníamos haciendo, migrando el discurso hacia algo más modesto, cambiando la palabra “evitar” por ”paliar” los efectos. Pero entonces hay que establecer análisis coste/beneficio rigurosos, dado que si los costes son desproporcionados y la eficacia limitada, la estrategia más inteligente y efectiva de adaptación al cambio climático será similar a la protección contra los volcanes (de ahí la vulcanización del clima): procurar retirar al máximo las actividades antrópicas de su área de influencia, vigilar su actividad, y salvar las vidas humanas que todavía habiten las zona mediante prevención, alerta temprana y evacuación.
Pero sobre todo, y dado que la “adaptación” en todo caso incurre en enormes costes y sufrimiento humano, deberíamos poner énfasis en evitar la escalada de magnitud y frecuencia de estos desastres, apostando por la reversión de las causas del cambio climático.
Un poco de humildad, prestemos atención a los indicios y cambios de paradigma que emergen, y sepamos ver las aportaciones que expertos multidisciplinares, como Leandro del Moral aportan
1) Se incrementan la tendencia a llenarlos y mantenerlos casi llenos, para intentar prevenir sequías prolongadas, especialmente ante las demandas y presiones del regadío, por lo que se anula o disminuye mucho su capacidad de laminación. Cuando suceden o se prevén precipitaciones extraordinarias, cada vez más frecuentes, se ven forzados a proceder a un vaciado urgente para crear preventivamente un volumen de resguardo, y en ese proceso, el caudal de salida es mayor que el de entrada, incrementando la crecida aguas abajo. Si así sucede durante todo el evento, el embalse, lejos de laminar, incrementa la inundación.
2) Si a pesar del vaciado preventivo, que tiene sus límites, o del estado inicial del embalse en niveles bajos, el embalse acaba llenándose, no solo desaparece de nuevo su capacidad laminadora, si no que emerge un nuevo riesgo aún más inquietante.
Por efecto de cambio climático las precipitaciones extremas no solo suceden con más frecuencia, sino que presenta un volumen y unos caudales punta superiores a los valores de máxima avenida que hemos calculado por métodos tradicionales para diseñar los aliviaderos y evitar que el embalse desborde. En este caso, como sabemos, si el caudal que entra es mayor que el máximo que la presa puede desalojar, el embalse lleno empieza a desbordar de forma incontrolada por la coronación, con riesgo grave de rotura en el caso de presas de gravedad, como sucedió en Tous, y más recientemente en el caso de la DANA 2024 en el embalse de Buseo, y a punto estuvo de suceder en también en el de Forata. Por no citar episodios como la DANA 2023, en Libia, con la rotura encadenada por desbordamiento de dos presas de tan solo 1,5 + 22,5 hm3, causando miles de fallecidos y desaparecidos.
Por no alargar más, no entro a exponer por qué incrementar hipotéticamente el número y volumen de los embalses en el caso que fuera posible, no aumentaría la capacidad de regulación. La adaptación al cambio climático requiere nuevas aproximaciones (liberar espacio, evacuaciones,…).
En todo caso, dado que incluso la “adaptación” más eficaz incurre en enormes costes y sufrimiento humano, deberíamos poner énfasis en evitar la escalada de magnitud y frecuencia de tales desastres, apostando por la reversión de las causas del cambio climático.
Por tanto, en estos episodios yo si que no duermo tranquilo aguas abajo de un embalse, y especialmente me preocupo cuando observo que personas responsables de la gestión no sólo parecen ignoran estos aspectos, si no que se enrocan en rancias y soberbias percepciones, en vez de actualizarse con modestia atendiendo a advertencias cualificadas, como la D. Leandro del Moral.
Eso de recurrir al “sentido común”, para argumentar cualquier cosa., ¿de qué me suena?
PD. La imagen de pretender soplar y sorber a la vez sintetiza magníficamente en una sola imagen el núcleo de la disfunción


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