lunes, 16 de marzo de 2026

¿LIMPIEZA DE RÍOS?. 2

Cuando el tradicional terraplanismo de las extremas derechas se acerca a la orilla del agua, surge un neologismo: el “barroplanismo”. Y es que el lenguaje es una experiencia viva que progresa día a día con nuevos hallazgos léxicos.

Este nuevo término, desconocido aun para la inteligencia artificial, expresa muy bien lo que se viene percibiendo a orillas del Ebro: el empecinamiento por la perpetuación de la vieja política del agua, de los trasvases entre cuencas y de los pantanos infinitos que contradicen cuanto explican las ciencias físicas y humanas y el sentido común. 

Parecería que, habiendo sido esta tierra luchadora contra el trasvase del Ebro y defensora de sus territorios y paisajes, estas propuestas caerían en saco roto, pero lo cierto es que no es así. Inmersos como estamos en un alarde magnificador de la ignorancia como ciencia suprema y de construcción de relatos tan simples como errados, la población asume sin chistar las mayores burradas con tal de que nadie toque su (cada vez más dudoso) bienestar. El silencio de los corderos.

El hiperconservadurismo agrario que por un lado pide más mercado y menos estado y en cuanto vienen mal dadas exigen, a grito pelado y tractor rampante, la actuación del estado para que rebaje impuestos y reparta ayudas, en un ejercicio de cinismo colosal. Un cinismo que quienes acuden al campo a cosechar votos manejan con trilera habilidad. El conocimiento y la verdadera percepción de las cosas, en lo que debería de ser una correcta gestión de la “cosa pública”, es mucho más difícil de transmitir que los mensajes simplones del tipo: “el agua que va a parar al mar se pierde”, que generan miles de “me gusta” en  sinfín de videos en los que (aparentes) mujeres y hombres del campo se quejan de que se destruyen embalses, por poner solo un ejemplo de falsedad y cinismo.

Algo así debe estar pasando en las mesas de negociación de la gobernabilidad de nuestra Comunidad Autónoma cuando, como en ocasiones anteriores, sale a relucir la “LIMPIEZA DE LOS RÍOS”. 

Así, de entrada, puede parecer bien el término “LIMPIEZA”. Ser limpio en el comportamiento social o en la política es un valor en sí, por tanto un río limpio, de entrada podría parecer bien. Otra cosa es discernir qué se quiere decir cuando se emplea este término. Ya se sabe que las palabras son polisémicas y según el contexto pueden significar una cosa o su contraria. Bien es verdad que, conociendo la escasez del alcance de alguno de los contertulios en la negociación, tenemos pocas dudas de su significado cuando además viene empaquetado con los consabidos límites a la emigración y la sempiterna bajada de impuestos. 

Sin ánimo de competir en cinismo, nos aventuramos a preguntar qué querrán decir cuando hablan de limpieza de los ríos. 

Puede que pretendan eliminar el exceso de productos químicos que determinan una contaminación grave de la calidad de las aguas o tomar medidas para combatir la contaminación difusa. Sabemos que uno de los contaminantes que más “ensucian” las aguas es el nitrógeno generado por un   crecimiento exponencial de la producción de purines en las miles de granjas aragonesas que proliferan con menos controles de los necesarios para comprobar que lo que dicen los proyectos que se presentan se cumple. La administración dirá que no tienen técnicos suficientes para hacer frente, los ganaderos que ya tienen mucho papeleo y al INAGA, que con las renovables no anda muy afortunado últimamente, no le da para más. 

Tal vez pretendan los postulantes a gobernadores de la tierra aragonesa la limitación de nuevas instalaciones o la implementación de procedimientos tan novedosos como repercutir en el precio del producto final el coste del tratamiento de los estiércoles, que hace tiempo han saturado las comarcas aragonesas y  ya no admiten más purines en sus campos. 

Puede que la limpieza alcance a las contaminaciones industriales como la que sufre Zaragoza en el río Gállego donde la lignina residual de la producción papelera colorea de marrón negruzco sus aguas que, en época de estío, impiden que la luz entre en el agua hasta casi la desembocadura del Ebro. Cien años de contaminación sería una buena razón para esta  limpieza.

No se sabe si se puede referir a la eliminación de especies invasoras como el siluro, conocido ya hasta por las palomas del Pilar. Al equilibrio de la cadena trófica le vendría bien esta limpieza. Esta es una especie introducida en Mequinenza y ya trasvasada a otras cuencas hidrográficas en donde supone, como aquí, una alto coste ambiental. La ley dice que es obligatoria la eliminación física de esos ejemplares pero se le hace una excepción y no se realiza porque otros intereses se superponen a la propia ley. 

Otra zona necesitada de limpieza, que no sabemos si acometerán los negociadores, es la concentrada en el embalse de El Val, en el Moncayo aragonés que tiene su causa en los vertidos que se generan en la vertiente soriana de ese Dios que ya no ampara que cantaba Labordeta. La depuradora de Ágreda lleva años de retraso mientras el primer embalse del Pacto del Agua custodia celoso toda la suciedad generada en Ólvega y su entorno. Desde luego razones para la limpieza hay en abundancia.

En la misma capital autonómica también hay trabajo. Estaría bien limpiar los vertidos de la margen izquierda. Seguro que los negociadores de pactos de gobierno saben que de los 28 días del pasado febrero, durante 13 de ellos, el vertido de sus 150.000 habitantes fue al Ebro sin pasar por la depuradora de La Cartuja. Es cierto que la ciencia dice que un río, por si mismo, es una gran depuradora, pero también dice que en los vertidos no solo hay materia orgánica y que la capacidad de depuración no es infinita. Para paliar este problema, precisamente a finales de febrero, deberían estar terminadas las obras en el bombeo de El Vado de las que de momento, no hay noticias.

Sin salir de la margen izquierda, un poco más abajo, está la suciedad de miles de toneladas de sulfatos que desde el polígono de Malpica entran en La Cartuja haciendo que su funcionamiento se deteriore y que se corra el peligro de no alcanzar los parámetros de vertido de esta tan traída y llevada instalación sanitaria. 

Los parlamentarios aragoneses, postulantes a gobernantes por decisión de sus jefes de partido en Madrid, pueden recorrer los caminos del Ebro y contemplar en las dos orillas, miles de toallitas colgadas de los tamarices de la llamada Playa de los Ángeles o en los sotos de Cantalobos, Villarroya y del Francés. Campo de trabajo abundante para una verdadera limpieza del río. 

Menos mal que el Ebro, como buen río mediterráneo, palpita entre el estío y la avenida y en época de mayenco, limpia su cauce y es capaz de gestionar, con mejor juicio que el humano, el corredor vital en que la madre naturaleza lo puso antes de que el tiempo de los negociadores comenzara.

Se podría suponer que en la negociación sobre la limpieza de ríos se pondrá sobre la mesa las posibilidades del compostaje orgánico en el tratamiento de residuos sólidos. Al final los lixiviados de todos los vertederos también pueden llegar al Ebro y estaría bien que cada habitante pensara que la salida de sus desagües son el comienzo del Mediterráneo a donde tanto gustan los zaragozanos de acudir. Zaragozanos que no parecen entender que si existen playas es porque hay ríos que arrastran las arenas, esos ríos que llevan sus aguas al mar y que si hay pesca en las localidades que disfrutan en verano, es porque los sedimentos del Ebro la hacen posible. Unos sedimentos que las gentes del tramo final reclaman para que el Delta lo siga siendo.

Como se puede deducir de este repaso, motivos para limpiar hay tantos como queramos encontrar a la hora de buscar una armonía entre el ser humano y su entorno. Lo que ni es armonía con el entorno ni es la limpieza que la ciencia, la lógica de la naturaleza y el sentido común aconsejan, es confundir los ríos con canales y las limpiezas con dragados. Pese a todas las sandeces sobre cañas y otros restos vegetales como se han oído con motivo de la tristemente famosa inundación de Valencia del pasado año, se debe ser muy cuidadoso a la hora de la gestión de los ríos y no valen populismos ni terraplanismos del famoseo de las redes sociales que, con tal de disfrutar de una porción de notoriedad que satisfaga su narcisismo, son capaces de las mayores sinrazones. 

Aragón en su conjunto tiene muchas parcelas de su territorio físico y anímico  susceptibles de limpieza. Si alguien quiere limpiar algo podría empezar por descontaminar la atmósfera política de enfrentamiento creciente que convierte la gestión de la “cosa pública” en un lodazal impracticable donde la idea de gestión desaparece eclipsada por la versión celtíbera de un hedonismo criminal que parece triunfar en este globalizado mundo.

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